Llegué previendo la impredecible arribada del autobús de la línea C, a las doce en punto. Su recorrido era harto largo, y lo llevaba al cabo de las Lomas por urbanizaciones y callejuelas.
Afortunadamente, tres cacharros cochambrosos e impuntuales se disponían a efectuar su salida, lo que despejaba la vía de los viandantes.
En el banco, dos personas: una mujer de nacionalidad británica, tez moteada y pálida; y en el otro extremo; un sujeto varón, de procedencia desconocida. Su expresión es dura y fría, del Norte, y su cabello negro lacio; la vestimenta se descompone de zapatos negros terminados en pseudo punta; vaqueros básicos color clásico; y camiseta rayada de tirantes bicolor- franjas negras con algo de marrón y base rojo sangre-.
Después de todo, tiene el carnet acreditativo de transporte urbano; ya es ciudadano Torrevejense, con pasaporte muy probablemente de Europa del este.
Éste hombre lleva poco tiempo aquí o no me entiende, un tipo corriente.
A la pregunta: “perdone, ¿sabe a qué hora pasa el C?” No hubo contestación.
Inmediatamente, rectifico: “el C, la letra C”. Seguidamente, me niega con la cabeza repetidas veces con expresión negativa; después, hace un par de ademanes con los hombros y manos, para expresarse mejor.
Se ha marchado. En su lugar, hay un entrañable cotilla con bastón; pantalón de tela azul marino; camisa de rayas blancas azules y amarillas- de diferente grosor- y converse all-star de tipo zapatilla (ligeramente más blancas que los pantalones y el mosaico estampado de la camisa. Su reloj es plateado con una gran esfera y la correa de color blanquecino, castigada por el sol y el sudor. Lleva una gorra tricolor- amarilla, azul y con un escudo que dice: “Amarillo Tours” (en naranja)-.
Me interrumpe con un comentario: “avanzas, no te tuerces, vas bien”. Era un buen hombre.
Por obra y gracia de Dios, ocurre algo surrealista. Un atajo de seniles, compenetrados sólo verbalmente, obstruye la puerta del autobús que me corresponde-lo hace desde la calzada-. El lugar de paso, además, está físicamente impedido por una joven de confianza del autobusero, "víctima" de la discriminación positiva.
Me inmiscuyo y les digo educadamente que me dejen pasar-puesto que todos los allí presentes poseíamos tarjeta magnética, y en otras ocasiones nos habían permitido subir-.
Este acto lo ejecuto por el mero hecho de no perder el tiempo (ya que el conductor se había tomado un respiro para tomarse un pitillo y atender a sus necesidades, en lugar de previamente dejarnos entrar).
Su respuesta fue la siguiente:
-Nos ha dicho el conductor que no se puede subir, y ha puesto a la jefa aquí.
Seguidamente, les comunico que están acatando unas órdenes estúpidas, y que aquí no hay ningún jefe. El capo ficticio con ropa de niño y caja de plástico al cuello, se ríe y no me deja pasar; nada de malestar. No es culpa suya, sino del conductor. No es de ellos, sino de sus limitadas mentes.
Para terminar, se chivan al autobusero una vez finalizado mi monólogo en contra de la compañía de las chismosas y tangible su llegada. Le dicen que “éste chico se ha quejado de los horarios y quería subir”.
Fatal ambiente de conversación.
Uno de los diálogos entre dos interlocutores (ya con el vehículo en marcha) incluye a mi persona y sirve como terapia para liberar la tensión:
-Los jóvenes de hoy son gentuza, ¡gentuza!
He tenido que aguantar cientos de palabras poco afables para no abrir los tupidos ojos de los que aguardaban como cotorras.
Yo, permanecía paciente; nada más quería finalizar.
lunes 9 de noviembre de 2009
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