Un hombre de unos sesenta años en un banco reposaba tranquilo, al margen del lío. Sólo sentía que quería evadirse de sus problemas, pues no tenía faena –ni nadie le proveía de…- Un momento. Esto ha sido una parada en el pensamiento. Los impulsos eléctricos han cesado.
Condenados cotillas de pacotilla, ahora sois vosotros. Lo que hace lo que cubre las aves.
Bueno, una señora se ha acercado y me ha preguntado; una pregunta popular:
-Amigo, ¿usted sabe dónde está el banco popular?
-Ni la menor idea tengo y lo siento.
Se llevó un escarmiento, y una interrupción en mi renglón yo –pues que por qué iba a prever aquello-.
Comía antes una hogaza de pan y vino tinto; la sangre de Jesucristo corría por mis barbas, como un río de sinsabores; pero ellas lo disfrutaban. Y me refiero a las moscas caballeros; un enjambre hizo aparición para beber y beber hasta saciar su sed. Después, festejaron el banquete a pocos metros del anfitrión, un poco pasadas de rosca las buenas de las moscas.
Cada una volaba en una dirección y lo hacía a su antojo. Una de ellas, se topó con un piojo:
-Oiga, mire usted, querido, vuesa saltarina merced: ¿qué le impulsa a molestar así y a brincar como parásito del diablo sanguinolento?
-Pues no es usted propicia, hija bastarda de la hez, señora dadora de lecciones. Váyase a comer mierda y a emborracharse con su dueño, y mañana, muérase.
La mosca se fue feliz a por más droga. La gente seguía con sus cosas. Unos ruidos de excavadora; otros de zapatos y zapatillas; otros pocos de bolsas; algún silbido que se confundía con el cantar del gorrión o el Rui señor; y diálogos. Diálogos críticos e insubstanciales; insolubles, del calibre de:
-Esas zapatillas tienen que valer “una pasta”.
Para a continuación hacer acto de presencia en una tienda de clase media. No hay más que denotar, pues es todo igual.
lunes 11 de enero de 2010
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