Había un chico que era un estropicio, un caos de actividades diarias y laborales; un vago al que le apasionaba la procreación, pero que no perpetraba el coito por falta de una vagina; un pajófilo de la más continuada masturbación.
Su modus operandi se componía por un abanico de tamaño medio. Entre semana, debía fingir alguna patología para no efectuar lo que tanto su madre insistía: ¡haz algo maldito ser del placer!; ¡epicúreos aquí no!. Maldito canalla que me subestima… Si veo esos videos y páginas obscenas-otra vez-me las vas a pagar.
-¿Qué te voy a pagar, madre, si tu dispones de mi liquidez?
-Eres un cretino, hijo; fuera de aquí.
Charles el contento salió de esa casa con viento fresco para dirigirse a la azotea.
-Disculpe… –le dijo al lugar- ¿Es usted tan amable de ofrecerme cobijo visual? El que calla otorga Charles, ¡Allá voy! –se dijo-.
Acto seguido, el adolescente no tuvo una mejor idea que sacar su órgano reproductor de los pantalones. Y empezó a examinarse. Seguidamente, cuando comprendió que ya se conocían, rompió el hielo con una suave caricia sobre su prepucio.
-Fantástico, ¿eh? Aire y libertad… ¡Y sexo, sexo!
Desafortunadamente estaba equivocado; y algo chalado.
Sexo es la unión de dos o más personas con la maquinaria al aire generalmente; masturbación, frustración de esperanza para toda la familia de espermatozoides. No pensó en ellos en absoluto, y así, derrochó más de tres y más de cuatro litros viscosos de materia; el yang del yin-yang.
Lo hizo indiscriminadamente sobre estructuras y pensamientos. Más de tres cuartas partes del piso del piso eran marcadas; ahora, el territorio estaba delimitado. Las zonas con algún tipo de resquicio apreciable de semen, pertenecían a Charles; las demás, a los despavoridos y nauseabundos convivientes- que hartos permanecían impasibles ante la descortesía -.
Un día, el autómata del irracionalismo, pensó:
-Y si hubiese guardado toda esa “lefa”… Y si no hubiese gastado mis oportunidades de paternidad, ¿dónde estaría? Seguramente, con un par o tres de queridos hijos de puta, desempañando labores domésticas. Gracias al creador…
Pero un día, se preparaba la revolución en el escroto; algo estaba hirviendo de manera ferviente.
Era la paja tropecientos, cuando fogosa y fugazmente, terminó con la apoteosis de los huevos: ¡BUM!. Luego, ¡TSSUP!
Y allí estaba.
-¡Pero qué coño…!
Inaudito. Los restos de semen esparcidos por el suelo se habían aglomerado en un óvalo imperfecto, que insinuaba una figura animal poseedora de vida propia y capacidad deductiva. Los pegotes se atrajeron entre sí por una fuerza magnética incomprensible y físicamente imposible, aunque no era momento para movimientos falsos.
-Un paso en falso y perderé la oportunidad de fotografiar esto…
Fue a por una cámara desechable que reposaba en un cajón olvidado; tomó un par de instantáneas y descansó, entrando en un profundo sopor.
En sus sueños esa tarde-noche iban a sucederse terribles revelaciones para el interés de Charles. Se le apareció el amasijo de leche de cultivo para preguntarle:
-¿Te parece bonito, mamón? Eres un maricón que no tiene huevos y por eso no los junta donde debe; cerdo bastardo.
Charles, estupefacto, despertó. Allí no había nada ya excepto brillo y pulcritud.
-Quizás mamá te llevara a un lugar mojado, criatura.
Entonces, la alimaña se hizo notar saltando violentamente sobre el rostro del humano.
-¡Mamá!, ¡Oye!, ¡Quítame a esto de la cara joder!; ¡socorro maldita sea!
Finalmente, se tragó su orgullo y se vio de una manera ridícula superado por sus trabajadores, para terminar asfixiado y con los esfínteres obstruidos gracias al ocupa (que desocupado lo había tenido durante años). Decidió materializarse para controlar a un saco de huesos descerebrado, o mejor dicho, con el cerebro manchado.
martes 5 de enero de 2010
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