domingo 10 de enero de 2010

La vida universitaria

El inmaduro señor Cualquiera, con un físico y un perfil cual sea que fuera, llegó a la facultad. Era la ciudad de Alicante; él, un asustado viandante, perdido entre el tablón de anuncios.
-Por favor, señor… -siseó la conciencia-; Vaya y pregunte a un estudiante cómo puedo exiliarme del guirigay. ¡Déjenme salir! Yo sólo quiero estudiar con otros amigos (también observadores, pero libres).
Lamentablemente, el señorito Cualquiera estaba sobrepasado por el fantasma tenebroso y nauseabundo de la duda y el miedo; desolado en el vestíbulo, al lado de nuevos alumnos que semblaban tener todo tan claro…; y él, anonadado. Con su despejado cerebro despejado, pero esta vez por completo, y vacío; asustado.
Las neuronas hubiesen llorado al exhalar gas lacrimógeno, pero no les hacía ni pizca de gracia aquello. Que desdén; que desdicha.
Afortunadamente, descendió de aquella masa de pensamiento indefinida pero uniforme y constante gracias a la ayuda brindada por una vieja conocida de su lugar de residencia: la Sta. Beib. Así, le golpeó enérgicamente el trapecio derecho con la palma de su mano y le dijo:
-¡Oye! ¡Pero qué haces aquí parado hombre!
Aquellas palabras fueron música del siglo diecisiete para sus oídos. Significaban la solución al rompecabezas, y ella tan sólo le había espabilado.
-Gracias, le dijo.
-Perdona, ¿qué dices?
No encontró sentido al agradecimiento, pero fue la palabra más pura que su corazón soltó jamás. Un chico ordenado.
-¿vas a clase? Creo que nos ha tocado en la misma.
En ese momento, la vida sobrepasa. Los impulsos cerebrales se reactivan y es el clímax del pensamiento.
-Vamos –dijo-.
Una vez en la puerta, pensó:
-Tengo que coger aire y dar una buena imagen.
También:
-¿dónde me sentaré y con quién? Un momento, todas estas preguntas tenía que habérmelas cuestionado antes.
-Vamos, ¡pasa!
En ese instante dio un torpe tropezón hacia la primera fila; para mi suerte, la clase estaba semivacía.
Caramba, aquello era decepcionante. Empresariales; una clase en niveles con sillas clavadas en barras de hierro, donde los asientos eran giratorios; una pizarra blanca de plástico –algo bastante tétrico y extranjero-; una pantalla con un proyector; otra puerta de entrada y salida; y gente.
Los habitantes, en su mayoría desertores del instituto, no sabían qué estaban haciendo ahí; por tanto, incordiaban o eran unos chismosos. También había macarras; y droga; bastante marihuana, casi por doquier.
Entre clase y clase, veía a un grupo de insensatos llevando a cabo un vaivén de chimenea va chimenea traigo, y tiro porque me toca; ¡que me pases el porro!
Vaya peleas por la planta se montaban, una animalada. ¿Las salidas? Son las entradas y descansos extrapolados, pero a lo bestia; y con más bestias; más contaminación acústica y más descontrol y libertad hormonal.
En verdad, algo normal en la edad, pero que se puede y debe controlar –que menos que una decencia social-.

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