viernes 4 de junio de 2010

El necesitado

Había tenido una vida demasiado dura para ser verdad dentro de una sociedad moderna y avanzada; su trabajo era irónico, cómico, pues limpiaba y ensuciaba. Su paga era una ridiculez que recibía por insistencia y cara de piedra; decíales: -Venga hombre –hablándoles de usted-, dóneme una limosna para comer, ¡<> la vieja!
Efectivamente la vieja era una señora mayor de aspecto llamativo, con los rasgos pronunciados: una nariz portentosa con los orificios abiertos por la planta de la cocaína; arrugas que envejecían el rostro de un cuerpo que sirvió como modelo; uñas largas en los dedos escogidos y recortadas a la perfección en los despechados.
Entre sus características intrínsecas destacaban la rectitud propia de la Alemania nazi, la locura provocada por el alcoholismo y la pesadez; así es, la vieja era una mujer insistente con sus pensamientos sin fundamento. En ocasiones podías encontrarla hablando sola sobre el dinero y antiguas deudas que no fueron saldadas a su favor, otras veces, te hacía partícipe de sus problemas fiduciarios, sacándote de tus casillas.
La relación que mantenían el necesitado y la vieja era de simbiosis, aunque la vieja creía estar explotando al necesitado ofreciéndole cobijo en su oscura morada, a cambio de unos litros de cerveza y sangre de Cristo al día. Se conformaba con saciar su sed a base de C,H, y O; estas tres letras debidamente estructuradas le reconfortaban e implantaban una sonrisa de clínica dental en su estropeada faz.
Los cambios drásticos de humor que sufría la senil afectaban al sumiso necesitado, que hacía oídos sordos con odio; sin embargo, éste no era un santo. Su oficio, además de lo mencionado, era el trapicheo –la venta de cualquier cosa a cambio de un módico precio-. Dentro de sus virtudes mercantiles brillaban la pobreza y la mentira, era un patriota con dos pelotas que jugaba a ser un gánster de poca monta.
Su círculo de amistades lo componían un compendio de criminales pueblerinos entrenados en la astucia callejera, quienes eran míseros como él y consumidores de sustancias prohibidas. No le hablaras al necesitado de cosas que no fuesen divertirse a costa de los demás, sus esbirros pensaba, que le suministraban vasos refrescantes con un toque paralizante. Cabe mencionar entre sus fechorías los proyectos de paliza contra los ciudadanos que despreciaban, las fiestas venideras que se presentan ingentes con ritmos frenéticos; canciones ensayadas en tugurios del diablo con la voz de la derrota –tal y como ellos expresan-. Un orgullo desmesurado que sólo retroalimenta a ese orgullo y los hace más capaces para maltratar.
Las personas que pasan más tiempo en la calle que en el hogar, se embrutecen y contaminan de gritos; peleas, cuchicheos críticos, más un sinfín de corrupción moral.
El necesitado y la vieja vivirán como siempre (porque es justo lo que pretenden y está al alcance de sus manos), esperando que la vida les de la estocada que merecen, por tantas faltas de respeto y consideración. Mis más profundos deseos de que la claridad invada sus cabezas de chorlito.

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